De vez en cuando tengo estas sensaciones. No me refiero a las emociones de siempre, como el miedo, la incertidumbre, la felicidad y demás. Más bien una mezcla de todas ellas que se combina en un “estado” único, supongo.
Un ejemplo. Yo venía a Francia con mi madre y su segundo marido cuando tenía dieciocho o diecinueve años, creo. Tenían una casa cerca de Angulema y yo me traía la bici de montaña y me iba todo el día, o cogía el coche prestado y salía a explorar.

Recordar esas vacaciones me devuelve una “sensación” muy específica de aquella situación. El entorno, el tiempo, los alrededores, los olores, el sol y la situación, todo junto, era único.
Lo raro es que durante los últimos veinte años viviendo en Francia, de vez en cuando me volvía todo de golpe. Aunque fuera solo unos segundos, paseando al perro o mirando el paisaje o el pueblo.
Ahora mismo tengo otro estado de ánimo al que me va a costar acostumbrarme. Desde que me fui de casa de mis padres a los 18, siempre he tenido un sitio donde vivir. De alquiler o en propiedad. Ahora, el simple hecho de ser nómada, con casi todo lo que tengo guardado en casa de unos amigos o a mi alrededor en la parte de atrás de un vehículo, es raro.
En cierto modo, pone las cosas en perspectiva. Me hace darme cuenta de lo pasajeras que son las posesiones. Además, uno pensaría que ser nómada limita la vida social, pero en unos meses he conocido a más gente en más situaciones nuevas de las que habría conocido de otra forma. Espero ver en los próximos meses a algunos a los que no veo desde hace años, y después….quién sabe.
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